Sinatra 100

Frank Sinatra.

Cuando Vicens Martin, director de la Dream Big Band, me propuso ser la voz de Sinatra en el homenaje de su 100 aniversario pensé que a mí, Sinatra nunca me había gustado. Acepté porque sentí que era un reto que me tocaba asumir, una prueba caída del cielo en forma de cruz, porque aprenderse 25 standards del repertorio clásico de Sinatra era más bien una locura. Pero acepté.

Empecé a escuchar una y otra vez ese repertorio del concierto de 1966 en Las Vegas, Sinatra at the Sands, con la orquesta de Count Basie  bajo la batuta del mismísimo Quincy Jones. Jamás en mi vida he escuchado tantas veces a un cantante como a él. Su fraseo “rapeado”, ese manera de decir las letras más que de cantarlas, ese descarado swing tan suyo, tan único, de ítalo-americano vacilón, de galán de la corte que sabe que va a mojar. He devorado a Sinatra. He cantado con él, copiándole nota a nota y rebobinando una y otra vez. Mientras corría por la montaña, en la ducha, en el camerino del Teatre Poliorama- mis colegas se han tragado mis alaridos con paciencia una tarde tras otra…-. Era consciente de mis limitaciones como cantante, por eso empecé un intensivo con mi maestra de canto, la cantante Clara Luna, con quien aprendí a cantar de nuevo. Ella me ha dado las herramientas y sobretodo la confianza para abordar el amplio abanico vocal de Sinatra y su desfachatez interpretativa, su paseo por encima de cada canción. “I’ve got you under my skin”, “Night and day”, “New York”, “My way”… Y otras no tan conocidas como la preciosa “September of my days” o “It was a very good year”- que sale en Los Soprano, maravilloso momento-, temas en los que pude lucir mi registro grave de barítono.

Aprendí a disfrutar, y el goce máximo llegó con los ensayos junto a 15 músicos, los mejores del país, de la Dream Big band, bajo la batuta del siempre entusiasta y juguetón Vicens Martín. Qué gustazo tener a 14 vientos soplando dinamita pura que me catapultaba y me desvirgaba como crooner.

El 14 de abril de 2015 estrenamos el concierto en el Teatro SAT de Barcelona. Me compré un traje y una pajarita para la ocasión. Pocas veces en mi vida he pasado tantos nervios. Al entrar en escena y ver el micrófono en lo alto del pie, en medio del escenario, aguardando solitario, y la masa negra del público esperando como el velo de una pesadilla, me dije: “¿Dónde coño te has metido?” “¿Quién cojones te mandaba meterte en este fregao?” Pasé miedo. Empecé a cantar “Come fly with me” y en realidad pensaba “Come escape with me”… Poco a poco fui entrando en calor pero no fue hasta “Night and day”, curiosamente una canción que tenía cruzada y no lograba disfrutar, que empecé a gozar y ganarme al público. Y fue por un absurdo accidente. En los primeros compases de introducción hice un gesto impetuoso con el micro para acompañar el ritmo y el micro salió volando. Agarré el cable milagrosamente y pude recuperarlo como el látigo de un cowboy. La carcajada fue general. Y ataqué el tema con otra actitud, de nada que perder, de jugar, que es de lo que se trata, lo que me había repetido tantas veces, “sal y disfruta…”. Fácil decirlo. Pero a la hora de la verdad, los cataplines por corbata. Bueno, por pajarita.

Al terminar el do de pecho final de “New York, New York”, me di cuenta de que había cumplido el mayor reto de mi vida. Y que había empezado a aprender a cantar; a la manera clásica, como cantan los grandes, disfrutando, contando historias, escuchando a la orquesta, narrando. De los nervios que había pasado tenía un dolor abdominal desconocido, mezcla entre hambre y punzadas agudas. No sabía lo que había hecho. Una señora se me acercó y me dijo que había escuchado a Sinatra en directo y que lo había hecho muy bien. Pero me dio un consejo: “No abras tanto la pierna a un lado, él las tenía siempre cerradas…” La gente me felicitaba y yo preguntaba: “¿Sí? Te ha gustado? Gracias… No sabía donde estaba. Al llegar a casa un mensaje de mi amigo Queco rezaba: “Qué cojones tienes…”

Mientras volvía a casa bajo los efectos del gintonic, sentía una satisfacción inmensa. Una paz interior. Miré al cielo y vi a Frank Sinatra que me miraba con una mueca burlona. Con esos ojos afilados y sonrientes. “No te rías!”, le grité. Y su voz siguió resonando en mi mente…”…It’s up to you…, New York…New York…!”