Napoli è cosí

Fui a Nápoles por primera vez hace diez años. Para conocer a mi familia paterna, los Oro. Era 15 de agosto.

Llamé a Laura, una prima mia a quien no conocía, y cuando supo que estaba en una pensión, se ofendió y me llevó a su casa, en los Quartieri Spagnoli, el barrio con más historia de Napoli, allá donde las guías recomiendan no poner los pies. Ella me decía: “Aquí vienen los japoneses con las cámaras de fotos colgando del cuello y encima se quejan de que se las roban, si es que…” En seguida quedé fascinado por sus callejas imposibles, cubiertas de sábanas y edificios destartalados al más puro estilo de La Habana. Lo primero que queda patente en Napoli es que no es Europa.

Napoli es mozzarella de buffala gigante que se mete en su agua lechosa en una fuente y se come sin condimento alguno, puesto que es deliciosa. La familia se reúne en torno a esa bola blanca y jugosa y empieza una batalla a machete limpio. Es el Vesubio nublado y el drama de Pompei flotando entre su niebla. Es el olor a mar y pizza – la Margherita, dice la leyenda que se inventó allí- a iglesia y a basura. Pero sobretodo, Napoli es teatro.

Un teatro constante en las calles, en los gestos, en los camareros del Caffè del Professore, en los taxistas suicidas que solo igualan los de Estambul, en la trattoria Nennella, donde se sirven pastas deliciosas a grito e insulto pelado; un teatro en la mímica milenaria de sus habitantes, hijos de la picaresca de supervivencia y fanfarronería, del orgullo napolitano, de esa máxima que reza “Vedi Napoli e muori” (Ves Nápoles y mueres). Un caos tan extremo e insoslayable que resulta ordenado, armónico. Cuatro personas sin casco en una vespa pasando por delante de los carabinieri sin inmutarse – ni unos, ni otros…

Me enamoré tanto de esta ciudad y de su comida, sus helados, su café – yo no tomo café, solo allí- sus mujeres altivas y coquetas, sus hombres como niños en el día de su primera comunión, tanto me sedujo, que escribí “Napoli”, mi primera canción, también la primera de mi primer álbum, que dediqué a esta ciudad. A ella le debo la inspiración, la locura y la fantasía que me inundó para atreverme a iniciar una carrera musical.

En “Napoli” canto a la ciudad y a su caos, con una voz rota, rasgada y sucia como las piedras de su suelo, de sus palacios y pizzerías. Así me salió. En una tarde. Igual de rasgado que el delicioso saxo de Liba Villavecchia, que acompaña mi voz arrastrándose vicioso.

Cierro los ojos y la brisa del mar me barniza la cara mientras me dejo llevar por la vespa suicida de mi prima hacia no sé donde, imposible preguntar, mejor dejarse llevar y gritar porque todos gritan y reír y llorar porque todos lo hacen a la vez, no se sabe por qué, todo es un drama que termina en un helado y un limoncello y cuatro gritos y una virgen colgada de una tapia que asiste curada de espantos al teatro más puro, vertiginoso y apasionado que ha visto este mundo. Napoli…è cosí...